SACUDIDA.

Publicado el 10 de enero de 2026, 20:22

Hay momentos en los que la vida parece funcionar con la cadencia tranquila de una casa conocida: muebles en su sitio, rutinas que repiten el mismo ritmo, una versión de uno mismo que ya suena familiar incluso cuando nadie la pronuncia. Y luego llega alguien. No hace falta que sea para siempre; a veces basta una mirada, una conversación, una risa que encaja con la tuya, para que el suelo se mueva bajo los pies.

Yo soy un chico de 30 años, y escribo porque siento que las palabras son un modo de entender lo que se desordena dentro. Quiero compartir esta reflexión sobre la duda y sobre ese escalofrío de reconocerse (o dejar de reconocerse) cuando alguien entra en tu vida.

La duda no es únicamente una incomodidad: es una herramienta. Cuando nos percatamos de que nuestras certezas tiemblan, la duda nos obliga a mirar con más atención. ¿Quién soy cuando nadie observa? ¿Qué facetas se activan y cuáles quedan en silencio? Cuando una persona nueva nos hace cuestionar nuestro comportamiento, no es necesariamente que hayamos mentido sobre quiénes somos; muchas veces es que lo que creíamos inmutable era una máscara cómoda, una interpretación aprendida de nosotros mismos.

Asustarse es humano. Ver comportamientos propios que antes no se manifestaban puede producir vértigo: sentimos que perdemos el control, o que un espejo nos devuelve un reflejo inesperado. Pero ese miedo también puede ser inicio de algo urgente y verdadero: una invitación a integrar partes nuestras que estaban escondidas, a aceptar contradicciones en lugar de anclarlas en la culpa.

Pienso en la identidad como una casa con habitaciones que a veces están cerradas con llave. Algunas personas, con su presencia o su forma de estar, encuentran la llave. No es que nosotros dejemos de ser; es que descubrimos la posibilidad de habitar rincones que desconocíamos. Esa expansión duele: porque romper techos implica reconstruir, y reconstruir implica derribar lo que ya conocíamos. Pero también significa ganar espacio, ventanas nuevas, respirar distinto.

Es importante recordar que la reacción (la sorpresa, el miedo, la negación) no invalida la autenticidad. No hay un solo “verdadero yo” fijo e inmutable: somos procesos. Reconocer que hemos cambiado o que emergen deseos y comportamientos nuevos no es traición; es honestidad con el presente. Y la honestidad duele, sí, porque exige decisiones —hablar, poner límites, replantear expectativas— y porque desmonta la comodidad del guion.

Si te encuentras en ese cruce: respira. Permítete la duda sin convertirla en sentencia. Pregunta, dialoga, observa tus emociones con curiosidad más que con juicio. Habla con quien te hizo temblar, pero también habla contigo mismo: escribe, camina, intenta nombrar lo que aparece. A veces la escritura devuelve claridad; otras veces, solo confirma que el terreno está en obras y que la mejor política es avanzar con cuidado.

Al final, quizás lo más valiente no sea sostener una sola identidad sin grietas, sino aceptar que somos casas en reconstrucción, con puertas nuevas y pasadizos por descubrir. Quien llega y sacude lo que creíamos fijo nos ofrece la oportunidad —dolorosa, real— de conocernos mejor. Y conocer mejor no siempre significa definirse de una vez por todas; muchas veces significa aprender a convivir con la duda, y a hacer de esa duda una forma más honesta de estar en el mundo.