DERRIBAR EL MURO.

Publicado el 10 de enero de 2026, 21:17

A veces el sentimiento crece en silencio, sin pedir permiso. Se va instalando poco a poco, en los gestos, en las conversaciones que se alargan, en las ganas de cuidar. Y con él llega también una impotencia difícil de explicar: la de querer ayudar más, querer sostener mejor, y no saber cómo hacerlo sin invadir, sin romper lo frágil.

Estoy conociendo a alguien que llegó a este país hace unos meses, dejando atrás todo lo conocido. Admiro su fuerza, aunque muchas veces no la vea en él. Hay días en los que se encierra, en los que la carga pesa tanto que levanta un muro invisible entre nosotros. No quiere crearlo, sino porque a veces la vida aprieta y el ánimo no alcanza.

Me duele sentir que ese muro frena lo que podría avanzar, que las ganas de hacer planes chocan con una sensación constante de no estar a la altura, de no merecer momentos buenos. Y me duele más no saber cómo hacerle ver que no tiene que cargar con todo solo, que no necesito que esté perfecto para quedarme.

Mi sentimiento sigue creciendo, incluso en la pausa, incluso en la dificultad. Pero crecer así cansa. Porque querer también es aceptar que no siempre puedes salvar, que a veces solo puedes esperar, acompañar y confiar en que, cuando ese muro caiga, aún estemos en el mismo lado.

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